Presentación el profesor D. Francisco Ruíz Noguera, Ateneo el 19 octubre 2020

Presentación de Antonia Lozano

Después de Sodoma, Nimbo lorquiano, Salobreña, Alhulia, Col. Crisálida, nº225, 2019

(Lunes 19 de octubre, 2020, Ateneo de Málaga)

Francisco Ruiz Noguera*

Presentamos hoy el libro de Antonia Lozano: Después de Sodoma, que lleva por subtítulo Nimbo lorquiano, y ha sido publicado por la editorial granadina, Alhulia, de Salobreña, en su colección Crisálida; es el número 225, y, como reza el colofón, se acabó de imprimir el 10 de diciembre de 2019.

Doy tanto detalle bibliográfico del libro porque me parece de interés, antes de entrar en materia, hacer algunos breves comentarios sobre lo que cierta crítica francesa ―sobre todo Gérard Genette en ensayos como Palimpsestos (1982) y Umbrales (1987)― llama los elementos paratextuales de una obra, porque también esos elementos pueden tener y, de hecho, en mayor o menor medida, tienen, un valor significativo en el acto comunicativo que, al fin y al cabo, es la literatura.

Se publica el libro en una editorial y, en concreto, una colección ―como digo, la colección Crisálida de Alhulia― a la que le tengo especial cariño; para ella preparé, en 2001, junto a Laura Olarte Stampa, la recopilación de la poesía escrita, y dispersa hasta entonces en cuadernos, de mi colega y amigo Antonio Garrido Moraga; Del amor y otras mitologías titulamos el volumen, y fue el número 26 de esta colección en la que, por cierto, tenía labores directivas Enrique Martín Pardo, que, como probablemente recuerden, fue un nombre clave en la crítica de poesía a principios de la década de los 70, suya es la importante antología de la Nueva poesía española que se publicó, precisamente en 1970, en Madrid. Es decir, hablamos de una colección ―Crisálida de Alhulia― consolidada desde hace tiempo en la edición de poesía.

Así es que este es el lugar donde aparece editado este libro de Antonia Lozano, que es el tercero de los suyos.

Es casi seguro que los presentes conocen a Antonia Lozano desde antes que yo y, por supuesto, mejor, pero en una presentación no está de más, recordar algunos datos sobre la autora, que, aunque lleva en Málaga mucho tiempo, es, no obstante, antequerana de nacimiento, y luego, desde la infancia, ha estado muy ligada al sur de la provincia de Córdoba, sobre todo a Cabra y no sé si también a otras zonas de la subbética como Priego, y a otros lugares de Andalucía. Antonia Lozano es psicóloga psicoanalista, y en este ámbito se ha desarrollado su actividad profesional (es socia de la sede malagueña de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis). Su interés por la literatura y la plástica vienen de muy atrás, pero ha sido solo desde hace unos pocos años cuando ha empezado a desarrollar actividades en ambos campos: por ejemplo, exposiciones de fotografía (es miembro de la Sociedad Fotográfica Malagueña) y, lo que más nos concierne esta tarde, publicación de dos obras literarias. Así, su primer libro, publicado en las malagueñas ediciones del Genal en 2017 fue Impresiones y poemas, que reunía elementos de estos dos campos artísticos: imagen y palabra unidos para potenciar el valor comunicativo de lo propuesto, aprovechando, además, el doble sentido de la palabra “impresiones”: por una parte, como la impresión recibida o sentida ante un determinado hecho o experiencia; por otra, la impresión en página de las fotografías hechas por ellas misma. Se establece así un diálogo entre palabra e imagen que se resuelve en lo que ella ha llamado fotopoema. (Personalmente, tengo especial debilidad por esa relación entre palabra y foto: uno de mis libros, de hace ya casi treinta años, explora en ese campo, lleva por título La luz grabada, que, años después, sería tomado por nuestro amigo Pepe Ponce para una de sus exposiciones fotográficas.

           En fin, este mismo diálogo es el que mantiene en su segunda obra:  Evocación-invocación (biografía iniciada), editado en 2018 en CreateSpace Independent Publishing Platform [la Plataforma de publicación de Amazon]; conjunción, en este caso, de imagen y palabra, en verso o en prosa, como vía para dar cuenta del relato de duras experiencias personales vividas en la infancia.

            Ese mismo diálogo entre lo literario y lo plástico de sus dos primeros libros, se va a mantener ―y en este caso, de forma especialmente sustantiva― en este su tercer libro que hoy presentamos, en cuyo colofón, como decía al principio, se nos advierte que “se acabó de imprimir el 10 de diciembre de 2019”. No suele ser corriente que un libro lleve fecha de edición del último mes del año. Pero, en este caso, por la concepción general que anima este libro, no es casual ni gratuito que tuviera que ser editado dentro del año 19. Otro de los elementos paratextuales ―la dedicatoria inicial― así lo justifica; el libro, en esa su primera dedicatoria, va dirigido “A los noventa años de que Federico García Lorca llegara a Nueva York”. (Después seguirán otras dedicatorias personales, pero la primera es la que tiene un carácter estructurante en cuanto a la concepción de la obra).

Por diversos motivos literarios y personales, 1928 había sido un año duro para Lorca, que, tras la ruptura de su relación sentimental con el escultor Emilio Aladrén, cayó en tal estado depresivo que su maestro, y amigo de la familia, Fernando de los Ríos, aconsejó que pasara una larga estancia fuera de España, de manera que, en junio de 1929, embarcaron en Francia para Nueva York (la famosa foto del poeta en el reloj de sol de la Universidad de Columbia, es del otoño de 1929), así es que en Nueva York y en diversos lugares de la costa Este de Estados Unidos estará hasta marzo de 1930 en que se traslada a Cuba, donde permanece hasta junio del mismo año, en que vuelve de nuevo a España. El contraste entre la naturaleza y cercanía de su entorno granadino (y, sobre todo, el entorno rural en que vivió su infancia) y la potencia fría y en cierto modo deshumanizada de la gran ciudad fue definitivo en la evolución del poeta, aunque, en lo vital, no siempre positiva. El caso es que, claro está, también eso forma parte sustancial del mundo y el imaginario del poeta. Y no olvidemos que el subtítulo de esta obra que presentamos es (nuevo elemento paratextual) “Nimbo lorquiano”. Todo ese bagaje del Lorca completo es el que Antonia Lozano trae a esta nueva obra suya.

Del simple hojeo del volumen podría sacarse la idea de que estamos ante tres libros reunidos en uno. Yo creo que esta es una obra con más unidad discursiva de la que pudiera aparenta. Comparto lo dicho por la propia autora al principio de su Introducción al referirse a “tríptico” (aunque luego ella misma parezca matizarla), y comparto por completo lo que, en otro elemento paratextual (la contracubierta), dice Francisca Sánchez Jiménez: “Pasión que da la vida, pasión que da la muerte. Dolor profundo y placentero. Amor ancestral, amor imposible. Esto conforma el complejo y contradictorio trenzado que unió Antonia a Federico e hizo posible este tríptico tan rico en emociones intensas”.

El “nimbo lorquiano” del subtítulo es el que impera, de forma evidente y dominante, en todo el volumen, tan es así que las tres partes de las que el libro consta: “Después de Sodoma”, “10 dibujos lorquianos” y “New York: sentimiento lorquiano”, están ordenadas con acierto en cuanto a la concepción estructural, de manera que, en el tríptico, la parte central, que en este tipo de estructuras trimembres suele ser aquella desde la que todo irradia o en la que todo confluye, [la parte central digo] está ocupada, exclusivamente, por los diez dibujos del poeta: es como la plasmación gráfica de que de ahí parte el “nimbo lorquiano” que va a impregnar la parte primera, es decir, el texto de “Después de Sodoma” y la parte tercera, es decir, la parte plástica y también textual de “New York: sentimiento lorquiano”. Desde mi punto de vista, es una excelente ordenación que da sentido de unidad al todo que esta obra es.

Esa parte central, por cierto, es una pequeña joya: se trata de la reproducción facsimilar de una rara y corta edición italiana de 1957: solo 100 ejemplares con diez dibujos de Federico García Lorca, publicados en Roma por Carucci Editore en la colección Collana del Punto (el ejemplar aquí reproducido es el nº 80). Hay más curiosidades en esa edición: 9 de esos 10 dibujos están recogidos en los 58 que figuran en la parte final del tomo I de la edición clásica de las Obras Completas de Lorca preparada por Arturo del Hoyo y editadas por Aguilar, pero el último de los dibujos de la edición italiana, titulado “Luna”, no está entre los dibujos de las Completas de Aguilar. Estamos ante una rareza, porque, he estado indagando y, en realidad, el dibujo “Luna” de la edición italiana es parte de la firma que el poeta estampó en el álbum de firmas de una sobrina de la actriz Margarita Xirgu: la joven Margarideta Xirgu Rico. Una curiosidad más es que, probablemente ―y esto es una conjetura mía― esa extracción de parte de la firma como dibujo exento para aquella ocasión se debiera al cuidador de esta rara edición italiana, que fue un hombre con gran repercusión en la vida cultural de la Italia del momento: el poeta, traductor y crítico de teatro y de arte Sandro Paparatti, que, además de todo lo anterior, cobró especial notoriedad por entonces porque, solo unos años antes, había publicado un ensayo sobre el psicólogo, filósofo y político Paolo Orano, cuya evolución ―la evolución de Orano― había ido desde al sindicalismo revolucionario del Partido Socialista Italiano a la militancia en el Partido Nacional Fascista, del que fue una destacada figura. El ensayo de Paparatti causó cierto revuelo.

Esta es, pues, la parte central del libro de Antonia Lozano que, en su apariencia de mera reproducción, tiene más miga de la que parece. Una parte que, como dije antes, es seminal sobre el resto, en cuanto a “nimbo lorquiano”. Por lo pronto, en cuanto a su naturaleza plástica, la relación es clara con la tercera parte de este tríptico: “New York: sentimiento lorquiano”, donde aparece la modalidad formal de los fotopoemas de libros anteriores. Esta parte tercera está compuesta por dos poemas, el primero de ellos es un extenso texto dividido en 10 fragmentos que acompañan a otras tantas fotografías de actores que, en su gestualidad, expresan la tensión y el desagarro que el texto declara. El segundo poema, titulado “Sentimientos paralelos”, está divido en tres partes ―I. Soledad; II. Muerte; III. Vals (es)― en el que el entreverado de versos de la autora y versos del libro Poeta en Nueva York hacen que el juego intertextual tenga, en este caso, una clara función sustantiva en tanto que constituyente fundamental de un poema basado en paralelismos y complicidades. También esta parte final va acompañada de fotografías, en su mayoría de actores, bajo el título de “Detalles”.

Y, naturalmente, el “nimbo lorquiano”, que está con deriva fundamentalmente plástica en las partes segunda y tercera de este tríptico, lo está también, y en intensidad máxima, en la primera parte del tríptico: la parte verbal titulada “Después de Sodoma”, que la propia autora califica como “Poema trágico”. Creo que es la primera vez que Antonia Lozano se adentra en las formas del género dramático y hay que decir desde el principio que el resultado es estupendo. “Después de Sodoma” se estructura en un prólogo en verso, seguido de tres actos, el primero de los cuales tiene un solo cuadro, mientras que los otros dos actos tienen dos cuadros cada uno. La obra termina como un intenso “Solo de la mujer madre”.

Estamos ante una tragedia, en el sentido totalmente canónico del término, que bebe, claro está, de la tradición lorquiana, sobre todo, según mi punto de vista, de Bodas de sangre y de Yerma. Podrían establecerse no solo redes de isotopías léxicas, sino también de situaciones pragmáticas, que, como homenaje al poeta granadino, la autora ha empleado en su texto. Además de la tradición lorquiana, está también, lógicamente, porque también fue fuente para Lorca, la tradición del teatro clásico español y, cómo no, de la tragedia griega.

Pero esas fuentes de las que bebe la autora no la llevan al mimetismo, porque la sustancia está bien metabolizada y el resultado es un texto personal, con indudable fuerza propia y valores simbólicos, un texto en el que la potencia del sino trágico se presiente desde el primer acto. Los personajes claves son agrupables de tal forma que se podría establecer una dicotomía entre lo terrenal-humano (la Madre, el Padre ―que es a la vez amo-dueño señorito― y  el hijo Ruah, término bíblico aquí con carga simbólica (espíritu, fuerza) al que, además, como desdoblamiento del sujeto, acompaña siempre, como personaje actante, el Pensamiento), y, por otra parte, otro grupo en que estarían los relacionados con lo no terrenal, que participan de las fuerzas esotéricas que anuncian o determina el sino (así, la Luna y la Sibila); por otra parte, como en toda tragedia, la presencia actante de la voz dramática, entre lírica y narrativa, de los coros, en este caso de las Molineras y de los Segadores, sin olvidar la función determinante de la fuerza de la naturaleza, el valor de lo ancestral y lo telúrico como desencadenante.

El manejo, en cuanto a técnica dramática, de estos elementos ―de gran complejidad por la complejidad de las relaciones afectivas entre los personajes― es resuelto con pericia por Antonia Lozano y, sobre todo, es resuelto con buena solución lingüística, muy especialmente en las partes líricas en las que se utiliza con pertinencia y gran agilidad el romance, y no olvidemos que esta ―la de la solución lingüística― es clave para que un texto sea recibido como literario; esto es, que tenga verdad en su lenguaje. Y este texto, en este sentido, tiene clara solvencia.

En el poema final de la tercera y última parte del tríptico, “Sentimientos paralelos”, al que me referí antes, hay tres citas iniciales, una de Séneca, otra del propio Lorca y una más de Jacques Lacan; quiero, para terminar, fijarme en esta de Lacan, en la que se nos dice que “la poesía es creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo”. Pues bien, en el caso de “Después de Sodoma” esa condición poética a la que se refería Lacan (“establecer un nuevo orden de relación simbólica con el mundo”), se cumple con acierto, así es que enhorabuena a la autora, y queda desear que los lectores se acerquen y disfruten de este tríptico tan personal.